Rompe el patrón. Un espejo del año que vivimos.

Por: Perla Jaimes

Hay un momento, casi silencioso, en el que abrimos el clóset y algo nos confronta. No es la falta de espacio ni el inevitable “no tengo nada que ponerme”. Es ese presentimiento suave de que nuestras prendas saben más de nosotras que nosotras
mismas. Que ahí, entre ganchos desordenados, vestidos olvidados y suéteres que ya no abrazan igual, se esconde la historia completa de nuestro año.

El clóset es un espejo, uno que no solo refleja outfits, sino patrones: lo que
repetimos por costumbre, lo que conservamos por miedo, lo que evitamos por inseguridad, lo que usamos cuando queremos sentirnos fuertes… o invisibles.

Y diciembre, con toda su nostalgia, nos obliga a mirarlo de frente.

Las prendas que fueron refugio.

Cada año tiene sus piezas-refugio: ese suéter enorme que elegimos cuando el mundo abruma, el vestido negro que usamos para sentir estabilidad, las botas que se volvieron armadura. Estas prendas hablan. Dicen: “Aquí
te escondiste”, “aquí respiraste”, “aquí te dejaste de exigir”. Son hermosas en su función, pero también revelan dónde pusimos capas para protegernos.

Las prendas que alguna vez fuimos.

Todas tenemos algo colgado que dejó de pertenecernos: un blazer demasiado rígido para nuestra nueva suavidad, un crop top de una versión que ya no vibra igual, una falda que amábamos cuando todavía creíamos en ciertas cosas. No es que esas piezas estén mal. Es que nosotras crecimos. Y reconocerlo es un acto de madurez estética y emocional.

Los colores que evitamos, los colores que abrazamos.

Hay tonalidades que desaparecen sin que lo notemos. Colores que nos lastiman, que nos recuerdan algo, que ya no van con la historia que estamos contando. Y otros que comienzan a aparecer sin permiso: beige suave, uva profundo, azul noche, ivory
cálido… tonos que traducen nuestro presente mejor que cualquier palabra.

A veces eso basta para entender cómo cambió nuestra vida.

Romper el patrón

Romper el patrón no es vaciar el clóset ni reemplazarlo todo. Es dejar de vestir heridas pasadas. Es no volver a repetir el “me quedo con esto por si acaso”. Es ya no cargar con tallas que duelen. Es preguntarnos con honestidad: “¿Me elijo o me escondo cuando me visto?”

Romper el patrón es permitir que la ropa deje de ser memoria y se convierta en posibilidad.

Lo que merece quedarse

Se quedan las prendas que nos sostuvieron con cariño. Las que nos hicieron sentir capaces, suaves, valientes, vivas. Se quedan las texturas
que calmaron, las formas que liberaron, los colores que encendieron el alma. Lo demás, lo que pesa, puede irse. Lo que duele, puede soltarse. Lo que ya no somos, puede despedirse sin drama.

Seleccionar lo que se queda es también seleccionar la mujer que queremos ser en el año que viene.

Un cierre esperanzador

Tal vez al final, el clóset no sea solo un espacio físico: es una metáfora del interior. Y diciembre nos invita a limpiarlo con respeto. A ordenar, no para vernos mejor, sino para sentirnos más sinceras. A vestirnos de lo que hemos aprendido. A comenzar enero ligeras, sin repetir viejos moldes, sin miedo a lo que aún no llega.
Porque romper el patrón no es un cambio de ropa. Es un cambio de vida.

Notas al margen.

Para nuestros lectores, pero en especial a las redes de amor personales que nos acompañaron este año: Mexiconica, y una servidora, deseamos que cierres este año con una mano en el corazón y la otra dispuesta a soltar. Que entregues al viento lo que dolió, lo que pesó, lo que te detuvo aun cuando tú querías correr. Que honres todo lo vivido, incluso lo que no entendiste, porque también ahí hubo lecciones que te enseñaron a abrirte paso. Que, al mirar tu clóset, y tu vida, tengas la valentía de
reconocer lo que ya no vibra contigo y la delicadeza de dejarlo ir sin culpa. Que enero te encuentre suave, con la esperanza despierta y la certeza de que mereces lo que sueñas. Que recibas el nuevo año como quien abre una ventana después de la lluvia: con un rayito de Sol entrado de golpe, limpiando rincones que nunca imaginaste. Que te permitas brillar sin medir tu resplandor, amar sin reducir tu forma, y volar sin pedir permiso. Que el próximo año llegue con promesas nuevas, pero, sobre todo, con una versión tuya más libre, más verdadera y más luminosa que nunca.

¡Feliz Año Nuevo!

Hasta la próxima, con amor, Perla.

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